FILOSOFÍA Y LITERATURA

LA CONTRADICCIÓN DE BORGES

Cristóbal Villalobos Salas

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Borges odiaba el fútbol. Para ejercer un boicot de carácter literario, dictó una conferencia sobre la inmortalidad a la misma hora a la que Argentina debutaba frente a Hungría en el Mundial de 1978. Poco después, ya con el equipo argentino campeón, César Luis Menotti, seleccionador albiceleste, cumplió su sueño de entrevistar a uno de los más grandes escritores del siglo XX, cuando el editor de una revista literaria pensó que sería curioso juntar a dos personajes tan dispares: «Usted debe de ser muy famoso, porque mi empleada me pidió un autógrafo suyo», le comentó el autor de El Aleph, que había afirmado que el fútbol «es popular porque la estupidez es popular». A continuación, le dijo a Menotti: «Qué raro, ¿no? Un hombre inteligente y se empeña en hablar de fútbol todo el tiempo». Lamentablemente, hablaron poco de deporte. Sin embargo, más adelante Borges sí habló de fútbol en el relato Esse est percipi, escrito junto a Adolfo Bioy Casares, con el balón y sus retransmisiones televisivas como protagonistas.

A pesar de ser despreciado por los intelectuales, el balompié ha ido labrándose un hueco en el mundo de la Literatura y de la Historia a lo largo del siglo XX. Hoy se pueden recopilar textos de multitud de grandes escritores que, de una u otra manera, convierten el balón en el centro de sus reflexiones. Albert Camus, Pier Paolo Pasolini, George Orwell, Mario Benedetti, Ernesto Sabato, Gabriel García Márquez, Augusto Roa Bastos, Eduardo Galeano, Javier Marías, Roberto Bolaño o Peter Handke son solo algunos nombres que han dignificado intelectualmente la actividad humana que despierta más sentimientos y emociones en las masas populares.

Para Javier Marías, el fútbol no solo es el circo actual, sino también el teatro de nuestro tiempo: emoción, temor y temblor, desolación o euforia. Algo parecido opina el filósofo, e hincha del Liverpool, Simon Critchley, que ha realizado recientemente un estudio centrado en el juego que nos ocupa. Para él, este deporte es un drama cargado de verdad, en la actualidad es lo más parecido a la catarsis que se producía en los templos teatrales de Atenas o Epidauro. El fútbol comparte con el teatro una característica básica: el destino.

Critchley recuerda en su libro En qué pensamos cuando pensamos en fútbol una frase de Hal Foster que resulta clarividente en este contexto: «El fútbol es el escenario donde se resuelven los —en ocasiones— oscuros manejos del destino, sobre todo en lo que respecta al destino nacional».

Por ese motivo Borges no amaba este deporte: «El fútbol despierta las peores pasiones. Despierta sobre todo lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte, porque la gente cree que va a ver un deporte, pero no es así. La idea de que haya uno que gane y que el otro pierda me parece esencialmente desagradable. Hay una idea de supremacía, de poder, que me parece horrible».

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El periodista Ramón Lobo también coincide con los anteriores: «El fútbol es la teatralización de la guerra, la canalización, no siempre exitosa, de unas (bajas) pasiones universales. Organiza su desarrollo dentro de un campo de batalla: bandos, uniformes, armas, pinturas en el rostro, banderas, gritos, insultos, ansias de victoria y de venganza. Como la guerra, el fútbol tiene reglas».

Y remata: «El fútbol arrastra también letra pequeña: es un catalizador de la estupidez humana, del odio, la envidia, el nacionalismo exacerbado».

El fútbol es el escenario donde se muestran las diferencias de las identidades (familia, tribu, ciudad, nación…) y en el que, según Critchley, jugadores e hinchas «representan su propio drama supervisados por las fuerzas del destino», toda una experiencia personal a la que nos rendimos libremente al ver un partido.

En la misma línea se sitúa el premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, en su ensayo La llamada de la tribu. Según el hispano-peruano, el hombre ha estado subordinado, desde su origen, a la colectividad, y añoramos esa dependencia porque nos liberaba del peso de las responsabilidades individuales. Esa es la llamada de la tribu, que actualmente se manifiesta, sobre todo, a través del fútbol.

El espíritu tribal, fuente del nacionalismo, causante de buena parte de las mayores desgracias de la humanidad, ha sido invocado por los dictadores del siglo XX aprovechando lo que según Vargas Llosa es el irracionalismo del ser humano, un sentimiento que anida en el fondo más secreto de todos los civilizados. No resulta extraño, por tanto, que los dictadores hayan usado habitualmente este deporte para conseguir sus objetivos políticos.

El fútbol, uno de los protagonistas más destacados del siglo pasado y del presente, despreciado por algunos, admirado por muchos, considerado una religión laica por Manuel Vázquez Montalbán o por Juan Villoro, hoy empieza a ser tenido en cuenta en estudios académicos por su capacidad para propagar ideales políticos, así como para formar y cohesionar identidades. …

Borges murió en Ginebra el 14 de junio de 1986, en pleno Mundial de México, tras declarar, en una de sus últimas entrevistas, que no sabía quién era Maradona. Ocho días más tarde, Diego marcó ante Inglaterra, en el Estadio Azteca, el gol más fabuloso nunca visto, pura creación literaria en su ejecución y en su narración. El hecho futbolístico sobre el que más se haya escrito jamás.

-Fragmento de Fútbol y fascismo

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