FRAGMENTOS FILOSÓFICOS

¿QUÉ ES LA TOLERANCIA?

por Fernando Vallespín

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on whatsapp
WhatsApp
Para poder avanzar en la argumentación debemos comenzar con eso que Giovanni Sartori nos presentaba como un conceptual house-cleaning, la necesidad de limpiar el concepto de sus usos erróneos o ambiguos, de las ambivalencias o distorsiones con los que solemos encontrarlos en su uso común, algo habitual en los políticos. Qué es la tolerancia deberá ser, por tanto, el primer paso antes de poner este concepto a prueba en las prácticas dominantes en nuestros días. Advertimos ya que, como todos los conceptos políticos, este es uno «esencialmente disputado», es objeto de interpretaciones encontradas. Pero lo mismo ocurre con casi todos los de esta naturaleza, cuanto más se les hinca el diente, tanto más difusos acaban pareciendo. Si usted creía saber lo que es la libertad, por ejemplo, basta que se lea cualquier libro teórico-político sobre ella para que al final acabe más confundido y aturdido que antes.
 
Con todo, el concepto que aquí nos ocupa no es de los peores a este respecto, ha conseguido generar un consenso bastante claro sobre cuáles son sus elementos básicos. Y esto no es habitual, dado que, como tantos otros, es resultado de una evolución histórica particular y ha sido despiezado de mil maneras en la doctrina. En lo que sigue empezaremos presentando estos rasgos ya consensuados para ir complicándolo después poco a poco. 
 
1) El objeto de la tolerancia –qué se tolera o se debe tolerar– abarca todo tipo de acciones, comportamientos, formas de vida, cosmovisiones o ideologías, convicciones personales, etcétera. Como es sabido, en un principio se refería exclusivamente a la aceptación de credos religiosos, pero fue expandiéndose progresivamente hasta en­glo­bar todo lo que se desviaba de lo que era entendido como la pauta o concepción moral mayoritaria. Pero no se queda solo en los valores morales, los comportamientos o formas de pensamiento, engloba también a grupos humanos específicos, al ser de alguien. Lo que en la Europa tradicional afectaba sobre todo a minorías étnicas o nacionales o a grupos como los judíos o los roma, hoy se extiende a cualquier forma de diversidad, a los colectivos en los que se organiza eso que entendemos como el multiculturalismo, la plurietnicidad, la variedad de categorías ínsitas en lo humano. Es aquí, en la reclamación por parte de grupos identitarios de un mayor reconocimiento público, donde el concepto de tolerancia vuelve a estar de actualidad y se demanda de forma creciente para resolver este tipo de problemas de convivencia entre los diversos. 
 
2) La tolerancia no es indiferencia ni aceptación; la tolerancia presupone siempre un componente de rechazo hacia determinadas ideas, actitudes, creencias y prácticas o a determinadas personas o grupos. Solo merece ser tolerado lo que nos desagrada o lo que desafía a nuestros principios, cosmovisiones o formas de vida. Si algo nos deja indiferentes o lo aceptamos sin más, nuestro concepto sobra, carece de sentido. La indiferencia es una forma de otorgar el consentimiento a las peculiaridades identitarias de alguien o a sus usos y costumbres. De ahí que, por ejemplo, al menos en una sociedad como la nuestra, no quepa, en un sentido técnico, la tolerancia hacia los homosexuales. Simplemente porque ya no desafían nuestras convicciones, o bien porque les reconocemos su derecho a su identidad sexual o bien porque nos dan igual. Otra cosa es lo que ocurría en la generación de mis padres. Tolerar algo, lo dice el mismo término, presupone la idea de tener que «soportar», aguantar lo que no nos gusta, aquello frente a lo cual, por la razón que sea, mostramos algún tipo de prejuicio, discrepancia o desaprobación.
 
 
3) Eso no significa que todo deba ser tolerado. Si ese fuera el caso, el concepto sería superfluo. Hablar de tolerancia presupone que hemos de ser condescendientes con lo que no nos gusta, pero que hay ciertos límites bien marcados, que hay cosas intolerables. Podemos aceptar desviaciones por parte de algunas minorías respecto de las prácticas sociales a las que estamos acostumbrados, aunque ello no significa que debamos aceptar todas ellas. Por ejemplo, la práctica de matrimonios concertados o, ya en el límite extremo, la ablación de clítoris.
 
Valentyn Chernetskyi
4) La tolerancia solo tiene sentido en la medida en que quien la practica podría también no hacerlo. Esto es lo que los teóricos políticos llamamos el componente de la «autorización»: no tendríamos por qué soportar ciertas cosas, conductas o lo que es alguien porque somos la parte mayoritaria de la sociedad y/o la que tiene el poder social; sin embargo, lo hacemos, lo toleramos. Una minoría de inmigrantes no tiene esa opción, no puede decidir si tolera o no las imposiciones de la sociedad de acogida. En cierto sentido, por tanto, la tolerancia se sustenta sobre una asimetría de poder entre tolerante y tolerado, y es esto precisamente lo que ha arrojado un cierto halo de sospecha sobre el concepto.
 
5) Si esto es así, si hay un grupo que decide si tolera o no y cuáles son los límites de lo aceptado, hasta dónde traza el perímetro de lo tolerable, ¿por qué se siente obligado a hacerlo? O, como en el caso de la mayoría de las sociedades liberales, ¿por qué ir ampliando el campo de las conductas o prácticas que se aceptan? Hay dos respuestas principales a esta cuestión del por qué tolerar: a) por criterios pragmáticos, por evitar los costes de la represión de las conductas toleradas, porque las consecuencias de no hacerlo se entienden como más perjudiciales –la paz siempre es preferible al monismo religioso, por volver a la motivación originaria–, y b) por criterios morales, por el respeto a la autonomía individual, por aceptar que cada cual decide cuáles son sus convicciones, ese logro civilizatorio que solemos asociar a la libertad de conciencia o a la libre elección de una determinada concepción del bien. Una motivación sucedió históricamente a la otra, aunque es inevitable que siempre tiendan a estar en tensión. Y cabría incluir una razón más, aunque esta es ya más propia de filósofos y está siempre más presente en la teoría que en la práctica: c) por consideraciones epistemológicas, porque nunca podemos estar seguros en realidad de cuál es la acción, el pensamiento o la conducta correcta. ¿Por qué considerar que lo nuestro es lo apropiado y no lo de otros? Si surge la duda sobre si nuestras posiciones son las adecuadas o las más justas o merecedoras de atención, ¿por qué no dejar que otros tengan las suyas? O, como diría John Stuart Mill, si cada cual es el mejor juez de sus propios intereses o de la forma de vida que prefiere, dejemos que lo decida por sí mismo y respetemos su decisión. 
 
Esto fue percibido ya desde el minuto uno por parte de los primeros defensores de la tolerancia religiosa, que tuvieron que emplearse a fondo para justificarla. Empezando por su «creador», John Locke, para quien la clave estaba en ver cómo diablos apartar la política de las cuestiones confesionales. De ahí su insistencia en argumentar, en primer lugar, que la salvación del alma no es en realidad competencia del Estado, sino solo garantizar los derechos a la vida, la libertad, propiedad, salud, etcétera. Las cuestiones de fe incumben a cada sujeto particular y a su personal relación con Dios. El Estado no puede obligar al individuo a sostener un determinado credo o a vivir libre de pecado; es una cuestión de conciencia, del fuero interno de cada cual. Aquel puede tratar de «persuadir», pero no «obligar». Y, en segundo lugar, el argumento decisivo en ese momento: la tolerancia contribuye a la paz. A la vista de los innumerables conflictos religiosos, la decisión sensata es remitir a la máxima curat Deus injuria Dei –«ya se ocupará Dios de penalizar a quienes lo injurian», no tiene sentido que las autoridades civiles se arroguen una competencia que no les incumbe y, además, con consecuencias nefastas. 

Mantente al día de las novedades de Filosófica

Suscríbete a nuestro newsletter
Con un par de distinciones simples consigue llevar el agua a su molino. Y a la hora de establecer sus límites evita amainar el posible escándalo derivado de ampliar en exceso el perímetro de lo tolerable. Por eso excluye a los ateos, que serían «incapaces para la sociedad». Si, como decía Locke, «la eliminación de Dios […] todo lo disuelve», también los principios morales, no puede confiarse en quienes carecen de ellos. Y deja fuera también a los católicos, más que nada por razón de Estado: porque son leales a otro soberano, el Papa, que podría excomulgar al propio rey inglés, y exigen a los creyentes una doble lealtad política. Son incapaces también de vivir en una sociedad que reconoce la tolerancia: «Allí donde tienen poder se consideran obligados a negársela a los demás»; o sea, que no se puede ser tolerante con el intolerante, con quien considera herejes a los que se desvían de la doctrina.
 
La posterior teoría de la tolerancia va a seguir en términos generales una argumentación similar, aunque siempre acentuando la dimensión del respeto a la autonomía individual, algo para lo que el liberalismo ofreció el recurso legitimador adecuado. No teman, no vamos a desgranar la evolución intelectual de la teoría, solo mencionaremos dos hitos que consideramos relevantes, porque nos van a ubicar rápidamente en el momento presente. El primero es intentar resolver la tensión entre la dimensión moral de la tolerancia y su dependencia de conflictos políticos específicos, la pragmático-instrumental. Aquí el recurso a Kant y Stuart Mill resulta imprescindible, porque ambos van a subrayar su dimensión moral. La tolerancia como virtud significa precisamente eso, que se ciñe a los principios de una argumentación moral en la que el punto de partida es el respeto mutuo entre individuos o grupos que se toleran. No, por tanto, por criterios pragmático-instrumentales, como un mero modus vivendi que permite una coexistencia más o menos armónica entre grupos y concepciones del mundo diferentes, un acomodo provisional apoyado más sobre la necesidad de evitar los conflictos que sobre la convicción moral de que otras perspectivas o grupos merecen dicho respeto. Puede que esto último haya estado en la base del reconocimiento de formas de vida diferentes de las mayoritarias, que su aceptación sea más el fruto de consideraciones estratégicas que del reconocimiento del «valor» de las visiones que no coinciden con las dominantes. Pero el hecho es que esta dimensión moral va ya inextricablemente unida al concepto de tolerancia y en ella es donde se halla la fuente de su fundamentación filosófico-política.
La tolerancia como virtud significa precisamente eso, que se ciñe a los principios de una argumentación moral en la que el punto de partida es el respeto mutuo entre individuos o grupos que se toleran.
 
Una sociedad tolerante es, pues, aquella que se organiza a partir de la igualdad formal de todas las personas con independencia de cuáles sean sus concepciones del bien específicas y frente a las que el Estado mantiene la más estricta neutralidad. Y en las que, llegado el caso, y como ya vimos, aquel se desvía de dicha neutralidad para favorecer el reconocimiento de grupos que han padecido o padecen algún tipo de discriminación y solo pueden alcanzar plena consideración a través de medidas adicionales que se separan de la igualdad, como ocurre con las medidas de discriminación positiva o el reconocimiento de derechos de grupo. Además de una actitud, la tolerancia se arraiga también en prácticas y normas jurídico-políticas destinadas a blindar a sus beneficiarios de interferencias por parte de otros.
 
La forma a través de la cual el Estado liberal consigue este propósito es muy similar a lo que vimos en Locke, mediante la aplicación de toda una serie de «separaciones»: entre Iglesia y Estado, entre este y la sociedad civil, lo cual permite la extensión de una esfera de privacidad sin interferencias de los poderes públicos o de otros ciudadanos, y otorgando derechos protegidos legalmente. El resultado es que no necesita intervenir a favor de esto o aquello –de una religión u otra, de una determinada concepción del mundo, un código moral específico–, este es el sentido en el que es neutral. Pero no es indiferente, establece también una clara definición de lo que es intolerable. En otros términos, arbitra el pluralismo de concepciones del bien, pero se sujeta a una regla básica, el respeto de la legalidad y, por tanto, de los derechos atribuidos a individuos o grupos. Atención, sí posee, pues, su moralidad específica, el compromiso con los valores de la autonomía individual y la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos. Ya mencionamos que este núcleo moral tiene que ver con aquellos principios que predicamos como universales, la común dignidad de la persona, el principio de no discriminación, etcétera; todo lo que entra en la concepción de los derechos humanos. Aquellas concepciones del bien que los vulneran pasarían a ser intolerables. La tolerancia se consumaría aquí en un «dejar hacer» –aceptar el burkini, por ejemplo, en contra de la decisión de algunos alcaldes franceses–, pero prohibir lo que traspase ciertos límites –verbigracia, el burka, aunque esto pudiera ser discutible.
 
El segundo hito responde ya más a las peculiaridades de nuestro tiempo, la necesidad de atribuir este concepto a las luchas por el reconocimiento de las que antes nos ocupamos. Como ya sabemos, estas no se limitan a la mera autorización de quien no coincide con los valores dominantes o los atributos de la mayoría; exigen algo más, su reconocimiento público, que sus diferencias no sean solo toleradas, sino que se eliminen las barreras que impiden considerarlas como iguales y se enfatice el valor de las diferencias en cuestión. El concepto tradicional de tolerancia quedaba satisfecho si se garantiza el principio de no discriminación. Ahora hace falta algo más. La ventaja de haberlo expuesto ya al hablar de las identidades nos exime de tener que dar más explicaciones, pero un ejemplo siempre viene bien. Tomen el caso de Alemania, que optó por definirse como una «sociedad de inmigración» (Einwanderungsgesellschaft), no solo un «país» de inmigración. Es una forma de dotar de valor simbólico, que en estas cuestiones es algo fundamental, a la normal convivencia social de personas de distintos orígenes. La sociedad alemana pasa a considerarse así como «diversa» por definición.
-Fragmento de La sociedad de la intolerancia
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on whatsapp
WhatsApp

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

This site uses User Verification plugin to reduce spam. See how your comment data is processed.