COLUMNA

Intelectual pero idiota

Nassim Taleb

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Gente que no se juega la piel — Fobia a los lípidos —  Enseñar a un profesor a levantar pesas 
 
Entre 2014 y 2018 hemos asistido en todo el mundo, desde la India hasta Reino Unido, pasando por Estados Unidos, a toda una rebelión contra el pequeño círculo de «funcionarios» políticos que no se juegan la piel y contra los infiltrados-periodistas, esos expertos paternalistas que se las dan de intelectuales porque han estudiado en la Ivy League, en Oxbridge o en alguna institución similar y que creen que pueden decirnos a los demás 1) qué debemos hacer, 2) qué debemos comer, 3) cómo hemos de hablar, 4) cómo pensar y… 5) a quién votar.
 
DÓNDE HAY UN COCO 
 
Aquí el problema es que los tuertos siguen al ciego: esos que dicen ser miembros de la intelligentsia son incapaces de encontrar un coco en la isla de los Cocos, es decir, no son lo suficientemente inteligentes para definir la inteligencia y por eso caen en círculos viciosos; lo único que saben hacer es aprobar exámenes concebidos por personas como ellos o escribir artículos que solo leerán personas como ellos. Algunos de nosotros —pero no Tony el Gordo— hemos estado ciegos ante su incompetencia. Dado que tenemos unos estudios de psicología que no se replican más que el 40 % de las veces, unas recomendaciones dietéticas radicalmente diferentes después de treinta años de fobia a las grasas, una economía financiera y una macroeconomía (atrapadas ambas en una intrincada y pantagruélica red de palabras) que desde el punto de vista científico son inferiores a la astrología (cosa que el lector de Incerto ya sabe desde ¿Existe la suerte?), un director de la Reserva Federal (Bernanke, reelegido en 2010) que ha demostrado algo más que despiste respecto al riesgo financiero, y unos ensayos farmacéuticos que como mucho se repiten en un 30% de los casos, la gente tiene todo el derecho del mundo a apoyarse en sus instintos ancestrales y a escuchar a sus abuelas (o a Montaigne y a los clásicos filtrados por su propio tamiz), porque ellas han cosechado más éxitos que cualquiera de esos imbéciles que toman las decisiones políticas.
 
CIENCIA Y CIENTIFISMO 
 
En realidad, es fácil descubrir que estos burócratas académicos que se sienten autorizados a gestionar nuestras vidas ni siquiera son rigurosos, ya trabajen con estadísticas médicas o con medidas políticas. Son incapaces de distinguir la ciencia del cientifismo; es más, a sus ojos el cientifismo parece más científico que la ciencia de verdad. Un ejemplo de lo más trivial: parte de lo que Cass Sunstein y Richard Thales —dos de los economistas que quieren «empujarnos» a adoptar una determinada conducta— clasificarían como «racional» o «irracional» (o como algo que indica desvío del protocolo establecido o deseado) procede de su incomprensión de la teoría de las probabilidades y del uso meramente cosmético de unos modelos de primer orden. También son propensos a confundir el todo con la agregación lineal de sus componentes; es decir, creen que nuestra comprensión del individuo nos permite comprender las multitudes y hasta los mercados, o que nuestra comprensión de las hormigas nos permite comprender las colonias que estas forman.
 

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La figura del intelectual pero idiota (IPI) es producto de la modernidad, de ahí que haya proliferado al menos desde mediados del siglo XX, aunque es ahora cuando alcanza su punto máximo, pues es en nuestros días cuando vemos cómo asume el poder gente que no se juega la piel. En la mayoría de los países, el Gobierno tiene un papel entre cinco y diez veces mayor que hace un siglo (en términos de producto interior bruto). El IPI es omnipresente en nuestras vidas, pero sigue siendo una pequeña minoría, y generalmente nos lo encontramos en los medios de comunicación, tanto en los especializados como en los generalistas, en los centros de investigación y en los departamentos de ciencias sociales de muchas universidades; la mayoría de la gente tiene empleos normales en empresas comunes y corrientes, pero ellos trabajan en sectores en los que hay muy pocas vacantes, lo cual explica por qué son tan influyentes siendo tan pocos.

El IPI trata a los demás como si estuvieran mal de la cabeza porque hacen cosas que él no comprende, cuando posiblemente es su propia comprensión la que resulta muy limitada. Piensa que la gente actúa en función de sus intereses y que él conoce a la perfección esos intereses, especialmente cuando se trata de «palurdos» o de esos británicos de pronunciación confusa que votaron a favor del Brexit. Cuando esta gente hace algo que tiene sentido para ellos pero no para él, los tilda de «incultos». Lo que nosotros llamamos participación en el proceso político, él lo llama «democracia», cuando se ajusta a sus deseos, y «populismo» cuando esos palurdos se atreven a votar algo que va contra las preferencias de todo IPI. Si los ricos creen en la consigna «un dólar de impuestos, un voto», los humanistas en la de «una persona, un voto» y Monsanto en la de «un cabildero, un voto», el IPI, por su parte, cree en la de «un titulado en la Ivy League, un voto», liga que extiende a las universidades y centros extranjeros más prestigiosos porque son necesarios para su club.  

Los IPI son lo que Nietzsche llamó Bildungsphilisters, filisteos educados. Conviene cuidarse de esos individuos que, sin la más leve pátina de erudición, se creen unos eruditos en toda regla, de la misma manera que hay que tener cuidado con el barbero que quiere practicar la cirugía en nuestro cerebro. 
 
Naturalmente, el IPI no logra detectar los sofismas.
 
INTELECTUAL PERO FILISTEO 
 
El IPI está suscrito a The New Yorker, una de esas publicaciones que permite a los filisteos fingir que son capaces de hablar de evolución, de neuro-lo-que-sea, de sesgos cognitivos o de mecánica cuántica. No critica nunca las redes sociales. Habla de «igualdad de razas» y de «igualdad económica», pero no se le ocurriría jamás salir a tomarse una copa con un taxista que pertenezca a alguna minoría (una vez más, no se juega verdaderamente la piel, ya que, como no me cansaré de repetir, eso es algo ajeno al IPI). El moderno IPI ha asistido a más de una charla TED en persona y ha visto más de una en YouTube. Votó por Hillary Monsanto-Malmaison porque le parecía presidenciable o por algún otro tipo de razonamiento circular, pero es que además sostiene que quien no la votara es un enfermo mental. 
 
El IPI confunde Oriente Próximo (el antiguo Mediterráneo oriental) con Oriente Medio.
 
El IPI tiene un ejemplar de la primera edición de El cisne negro en su biblioteca particular, pero confunde la ausencia de pruebas con la prueba de la ausencia. Cree que los organismos genéticamente modificados (OGM) son «ciencia», y que esta «técnica» tiene el mismo tipo de riesgo que los cultivos convencionales. 
 
Normalmente, el IPI comprende la lógica de primer orden, pero no los efectos de segundo orden (o superiores), lo cual hace que sea un completo incompetente en cuestiones complejas. 
 
A lo largo de la historia se ha equivocado con respecto al estalinismo, el maoísmo, los OGM, Irak, Libia, Siria, las lobotomías, la planificación urbanística, las dietas bajas en carbohidratos, los aparatos de gimnasia, el conductismo, las grasas trans, el freudismo, la teoría de la cartera, la regresión lineal, el JMAF (jarabe de maíz de alta fructosa), el gaussismo, el salafismo, el modelo de equilibrio dinámico estocástico, la vivienda pública, las pruebas de maratón, la teoría de los genes egoístas, los modelos de predicción de elecciones, Bernie Madoff (antes de su hundimiento) y los valores p. Pero sigue convencido de que la actitud que ahora mantiene es la correcta.
 
PARA CONCLUIR 
 
Llega un momento en que todo IPI es consciente de lo que sus palabras o sus actos suponen para su reputación. 
 
Pero hay un indicador aún más claro: no es de los que levantan pesas.
 
CODA 
 
A juzgar por las reacciones a este capítulo (que colgué en internet antes de las elecciones presidenciales de 2016), podría decirse que el IPI típico tiene dificultades para diferenciar lo satírico de lo literal. 
 
-Fragmento de Jugarse la piel
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