FRAGMENTOS FILOSÓFICOS

PARA UNA MORAL DE LA AMBIGÜEDAD DE SIMONE DE BEAUVOIR

por Iris Murdoch

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La mayor dificultad para el filósofo moral existencialista, entre cuyos predecesores figuran pensadores mutuamente incompatibles como Kant, Hegel, Kierkegaard y Husserl, consiste en hacer derivar el «debe» que nos prescribe a partir del «es» de su descripción fenomenológica del yo, sin la intermediación de una metafísica dogmática (como era en último término la de Kant, según diría el existencialista). Este pequeño libro [Para una moral de la ambigüedad de Simone de Beauvoir] de Simone de Beauvoir, que podría ser definido como un tratado de ética, un ejercicio de fenomenología o un panfleto político, no afronta este problema. Más que discutirla, ella presupone la concepción del yo de Sartre y a partir de ahí hace brotar sin argumentación sus imperativos. La libertad es el fundamento de todos los valores, el hombre encuentra y mantiene todos los valores que reconoce.

La lección existencialista consiste en afirmar que, en tanto que el hombre es el tipo de ser que es, está obligado a hacer esto en medio de la «angustia», con una conciencia lúcida de su responsabilidad, reafirmando sus valores, pues sabe que estos solo dependen de él. Esta posición, tal y como es sostenida por De Beauvoir y otros escritores existencialistas muy populares como Camus, se constituye más como un ataque polémico al esprit de sérieux (el punto de vista de aquellos que toman sus valores como «dados», sin cuestionárselos; por ejemplo, los burgueses o los miembros dogmáticos de un partido) que como un intento de elaborar una concepción filosófica de la acción moral. Es en este punto donde la mayoría percibe la levedad del libro de De Beauvoir. Si la libertad encuentra todos los valores, ¿por qué debo querer mi propia libertad y también (pues esto también es un imperativo; de hecho, el más importante) la libertad de los demás? ¿Debe ser definida la libertad según mi actitud (angustia) o según lo que elijo? Y en el segundo caso ¿no implica una distinción entre los valores verdaderos y los falsos que no puede derivarse, a su vez, del concepto de libre elección? Los existencialistas pueden replicar que, como otros filósofos morales, ellos basan su «cómo un hombre debería vivir» en su «qué es un hombre» («naturalmente» es un ser que respeta a los otros), pero para comprender por completo la cuestión de la reflexión moral y de la decisión se necesita establecer una relación entre ambas, así como entablar una discusión más franca sobre el carácter «dogmático» de la concepción sartriana del yo. De esta manera, tenemos, por un lado, la fenomenología hegeliana y husserliana y, por el otro, la predicación de corte kierkegaardiano.

Simone de Beauvoir no se detiene en estas cuestiones y pasa a realizar un diagnóstico de las actitudes políticas (a veces da la sensación de que considera la política como la única forma de ética práctica). Ella «psicoanaliza» varios tipos de actitud ante las relaciones sociales (el subhombre, el nihilista, el aventurero, etcétera) y ofrece diagnósticos de distintos tipos de mauvaise foi («mala fe») (el comunista que oscila, en sus argumentaciones, entre una concepción dialéctica y una concepción determinista de la necesidad). Estos esbozos son rudimentarios, pero merece la pena reflexionar sobre lo que intentan hacer. En cierto modo son «soportes de la reflexión moral», en otro sentido son prácticamente pruebas de la posición metafísica que se ha adoptado. ¿Es tarea del filósofo moral diagnosticar y describir las actitudes y los conceptos que subyacen a los conflictos morales de su época? (Los conceptos morales no son atemporales). Me gustaría decir que sí, pero ¿qué tipo de lenguaje se debe usar?, ¿se puede hacer de manera «neutral»? (¿Acaso las descripciones de actitudes que propone Charles Stevenson son neutrales?). Sin duda, las descripciones de Simone de Beauvoir no son neutrales, sino que están teñidas tanto por sus presupuestos metafísicos como por algunas creencias apasionadas.

Quizá la experiencia que más ha influido a la autora en su aproximación a la ética es la de la Resistencia y el desencanto posbélico: a la «pureza» del instante de acción le sigue la radicalización de una fe viva que acaba convirtiéndose en «seriedad». Los problemas que le parecen más importantes son los de la acción política en masa, la relación de una persona con su partido y la del partido con la gente a la que debe servir; el problema de cómo lograr la libertad con unos métodos violentos que la niegan de manera temporal. ¿Cómo puede sobrevivir el espíritu liberal (o cristiano) del individualismo a una larga época de guerra ideológica? De Beauvoir plantea el problema con una fuerza admirable, aunque su análisis no alcanza la suficiente extensión ni la suficiente profundidad. Merece la pena señalar que casi el único contemporáneo mencionado con aprobación en su libro es T. E. Lawrence. Lawrence es un héroe existencialista porque es un hombre de acción que mantiene vivas sus dudas (compárese con el Rieux de La peste de Camus). ¿Debería ser escogido como modelo de «hombre bueno» en nuestra época? También merece la pena reflexionar sobre esta cuestión. Es probable que los marxistas no se equivoquen al considerar a los existencialistas como los últimos teóricos del liberalismo. Lawrence era capaz de actuar a pesar de sus dudas, pero la mayoría de los hombres no son como Lawrence, y si tienen que pasar a la acción dejarán a un lado sus dudas (el materialismo dialéctico, al igual que la «complacencia burguesa», excluye la angustia). El marxista sostendría que en realidad el existencialista le hace el juego al reaccionario; para el hombre medio la reflexión constante entorpece la acción. El existencialista respondería que el marxista obtiene la acción a costa de destruir la capacidad de reflexión y de perder de vista el fin.

El debate entre marxismo y liberalismo, que por supuesto tiene una enorme importancia para cualquier estudiante de ética o de teoría política, es esbozado, pero no analizado de manera satisfactoria por Simone de Beauvoir. Ella tiende a tomar la noción de «libertad» como algo que no es problemático en sí mismo, pero ¿de verdad podemos deducir ahora nuestras obligaciones políticas del imperativo «mantén al hombre libre», a pesar de que en los años treinta se pudiera pensar que sí? La concepción marxista y la liberal del «hombre libre» no son iguales, y de esto deriva una diferencia de los juicios de valor en la que De Beauvoir no entra. Ella parece asumir (¿acaso está muy lejos del «reino de los fines» de Kant?) que, «en última instancia», si actuamos libremente, todos tendremos que elegir cosas compatibles.

-Reseña en Mind, núm. 59, abril de 1950

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