FRAGMENTOS FILOSÓFICOS

LA CONDICIÓN HUMANA

Ilíada, canto XXIV, de Homero

por Ray Bradbury

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La obra más antigua de la literatura europea, la Ilíada, compuesta antes del 700 a. C., y una de las más grandes obras de la literatura universal, comienza así:

La cólera, canta, oh, diosa, del griego Aquiles,

cólera maldita que causó a los griegos infinitos males 

y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes.

La Ilíada es el primer poema épico de Occidente. La tradición atribuye su autoría a Homero, de quien ni los griegos tenían datos más allá de que vivió y escribió en la costa occidental de Anatolia, lo que ahora es Turquía (no olvidemos que, durante más de dos mil años, en esa zona se hablaba griego, hasta la invasión de los turcos en el siglo XII). El monumental poema narra el episodio de la guerra de Troya, por lo que cabe preguntarse el porqué del título. La respuesta: pues porque esa ciudad, Troya, en griego, se llamaba «Ilión». Como digo, la obra relata los sucesos de la guerra de Troya, de una manera especial el sufrimiento —en medio de los dioses y de los héroes— que acompaña a la condición humana. Homero pone en boca de Helena estas palabras:

Zeus nos impuso el destino para que a las siguientes generaciones les sirvamos de canto.

Porque eso es lo que somos, un eslabón más en la sucesión de generaciones humanas, nada más que un suspiro.

Hay un momento esencial en la historia de la humanidad en el que se pasa de la tradición oral a la escritura. Es entonces cuando se escribe la Ilíada, la obra con la que empezó todo.

Pero ¿qué es lo que se cuenta en la Ilíada? No pensemos que se narra el origen de la guerra de Troya, o la historia de amor entre Paris y Helena, o la toma de la ciudad mediante el famoso engaño del caballo de madera. Todo eso el lector griego de la época lo conocía desde hacía cientos de años, y uno actual debería saberlo también. La Ilíada no relata los diez años que duró la contienda, sino un breve episodio ocurrido en el décimo y último, el episodio que dio origen a la literatura. La acción de los casi dieciséis mil versos del poema se concentra en catorce días.

Comienza con la famosa cólera de Aquiles porque Agamenón, que es el jefe de los griegos (en la obra nunca se les llama griegos, sino aqueos o dánaos), le ha arrebatado su parte del botín conquistado a los troyanos. ¿Y cuál era esa parte del botín? Una mujer, Briseida, hija de un sacerdote de Apolo. Aquiles, lleno de cólera por la deshonra, abandona el combate. Tetis, la madre de Aquiles, la misma que le bañó en el agua que le hizo invulnerable —excepto en el talón por el que le sujetó al sumergirlo en la laguna Estigia—, le pide a Zeus que intervenga para que la guerra la pierdan los griegos y se den cuenta de que sin el gran Aquiles no valen nada.

Los troyanos penetran en el campamento y llegan hasta las mismas naves de los griegos. Patroclo, el amigo íntimo de Aquiles, le pide su armadura para participar en la lucha y se dirige al campo de batalla, donde muere a manos de Héctor, que le despoja de sus armas.

Entonces Aquiles decide volver a la batalla para vengar a su amigo. De la cólera contra sus compañeros de armas pasa a la venganza contra los enemigos… Se reconcilia con Agamenón, mata a Héctor —el líder troyano, hijo de Príamo, el rey de Troya— y ultraja su cadáver, arrastrándolo por el suelo con su carro. Después de esta gran victoria, celebra los funerales de su amigo Patroclo y deja sin enterrar el cadáver de Héctor para que lo devoren las alimañas, algo que va contra las sagradas costumbres tanto de griegos como de troyanos. Esto provoca la ira de los dioses, que intervienen para que el anciano Príamo, él solo, llegue al campamento griego sin ser visto, se encuentre con Aquiles —en una escena memorable de la historia de la literatura— y pueda llevarse el cadáver de su hijo. Así acaba la obra, con los funerales de Héctor, que duran nueve días. El último verso del canto es como la última nota de una sinfonía, una nota que queda en el aire y que, como señala el helenista Miguel Herrero de Jáuregui, anticipa la tragedia posterior:

Así celebraron los funerales de Héctor, domador de caballos.

Finalmente, Troya caerá y Aquiles morirá, pero esa es otra historia… En Los cuatro ciclos, Jorge Luis Borges describe las tramas esenciales de la literatura, y dice que «cuatro son las historias. Durante el tiempo que nos queda.

Albert Bertel Thorvaldsen, Relieve de Aquiles y Príamo. Museo Thorvaldsen, Copenhague.

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El último canto de la Ilíada, el vigésimo cuarto, narra la llegada de Príamo al campamento griego gracias a la ayuda del dios Hermes, que le ha explicado cómo entrar. Aquiles acaba de cenar en compañía de dos amigos y camaradas de armas. Cuando entra Príamo en su tienda —el momento es memorable—, los dos se miran y sienten admiración mutua. Príamo abraza y besa a Aquiles en «aquellas manos terribles, homicidas, que a tantos hijos suyos habían matado». A continuación, le dice a Aquiles:

Acuérdate de tu padre, Aquiles, semejante a los dioses, que tiene mi misma edad y ha llegado al funesto umbral de la vejez. Cincuenta hijos tenía antes de la guerra, ninguno vive ya, muertos en batalla. El único que me quedaba hace poco lo has matado cuando luchaba en defensa de la patria, Héctor. Por él he venido ahora, para rescatar su cuerpo. Respeta a los dioses y ten compasión de mí, Aquiles, por la memoria de tu padre. Yo soy aún más digno de piedad y he osado hacer lo que ningún mortal en la tierra hasta ahora, acercar mi boca a la mano del asesino de mi hijo.

Y los dos lloran. Homero lo cuenta de este modo:

Así habló Príamo y le infundió el deseo de llorar por su padre. Le tocó la mano y retiró con suavidad al anciano. El recuerdo hacía llorar a ambos. El uno por su hijo Héctor, lloraba sin pausa, postrado ante los pies de Aquiles. Y Aquiles lloraba por su propio padre y por Patroclo. Y los gemidos se elevaban en la estancia.

En realidad, lloran por su «condición humana» (como titula André Malraux una de sus grandes novelas). ¡Qué escena maravillosa de la literatura! Brutal. Aquiles le dice a Príamo

¡Desdichado! ¡Cuántas desgracias ha soportado tu corazón! ¿Cómo te has atrevido a venir solo al campamento de los griegos para ponerte a la vista del hombre que a muchos y valerosos hijos tuyos ha matado? De hierro tienes el corazón. Pero siéntate. Nada se consigue con el triste llanto, que hiela el corazón. En realidad, los dioses han hilado para los míseros mortales vivir entre penas, mientras ellos viven sin preocupación alguna.   

Después estrecha la mano derecha de Príamo, una señal universal de acuerdo, y le devuelve el cadáver de su hijo.

El encuentro entre Príamo y Aquiles representa la comprensión del otro en el dolor, el reconocimiento del sufrimiento del enemigo. Miles de años después se le atribuirá a un médico judío, nacido en Córdoba a comienzos del siglo XII, esta frase maravillosa: «Dios, haz que en el que sufre yo vea siempre a un ser humano»… Y, en efecto, esto es la Ilíada, una obra que termina con el reconocimiento de que el dolor forma parte de la naturaleza humana. El dolor de Príamo, que ha visto morir a todos sus hijos en la guerra, y el de Aquiles, que sabe que morirá pronto en la batalla. La Ilíada no es una historia de buenos y malos. Todos son grandes. Los troyanos también. ¿Quiénes son los buenos?

En 1798, Goethe le escribió a su amigo Schiller:

Tu carta me ha sorprendido leyendo la Ilíada a la que siempre vuelvo cada vez con mayor placer, pues siempre hace que uno se eleve por encima de lo terrenal, como si fuera un globo.             

La Ilíada ha influido —¡y de qué manera!— en la cultura durante miles de años. En literatura, pintura, escultura, ópera, cine… seguimos escuchando, con el ánimo suspendido, los viejos relatos que los clásicos «inventaron para explicar lo inexplicable», en palabras de Luis Alberto de Cuenca. Esto es la Ilíada, la primera de las historias, la que al penetrar en lo humano de los héroes míticos nos hace entender de otra manera, acaso más profunda, el mundo que nos rodea y a nosotros mismos, es decir, nuestra condición humana.

-Fragmento de Locos por los clásicos de Emilio del Río

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