FRAGMENTOS FILOSÓFICOS

Julien Benda

por Norberto Bobbio

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I

Benda es un escritor polémico. El mismo cuenta que sus obras nacían habitualmente de la irritación, de la emoción o el desdén. Más que para defender las propias tesis escribe para combatir las de otro. Necesita la excitación producida por la presencia del adversario: los Bergson, los Barres, los Maurras, sus eternos antagonistas, son la razón misma de su existencia como escritor. Se diría que su vida interior ha estado continuamente agitada y fermentada por un interminable y apasionado coloquio con oponentes a los que detesta.

Cuando escribe libros que no son polémicos —novelas, narraciones, ensayos literarios, históricos, filosóficos o políticos—, es un escritor menos feliz, con algo casi de diletante: a veces, incluso, decididamente aburrido. Ante estos libros se diría que es un ingenio multiforme que ha querido poner a prueba su valía en los géneros más dispersos; pero la prueba no convence siempre… Decía de sí mismo que era un matemático que se había encontrado entre los literatos. Pero no sobresale ni en los escritos matemáticos o filosóficos, ni en los literarios, sino en aquéllos en los que pone toda su fuerza lógica y su amor por la argumentación precisa y correcta al servicio de sus sólidas convicciones intelectuales y morales.

II

De las batallas culturales que desencadenó y llevó a cabo en diversos momentos y por diversas circunstancias, el motivo inspirador es idéntico: la defensa de la razón contra la pasión, de la inteligencia que domina y comprende la vida contra las pretensiones de la vida a imponerse a la inteligencia. Dijo que pertenecía a ese tipo de hombres que William James llamó once born: permaneció fiel toda la vida a los valores aprendidos en la juventud, aportando para su defensa la fuerza de su «fanatismo ideológico». Fue, apasionadamente, un adversario intransigente de toda forma de pasión. En sus libros de memorias se describe como un cartesiano aislado en un siglo de irracionalistas. Sus tres autores predilectos son Descartes, Malebranche y Spinoza.

III

Irracionalismo filosófico y bizantinismo literario están entre los factores dominantes de la decadencia, también moral, de las élites intelectuales. Este culto a la emoción que llega hasta el odio a la inteligencia las ha llevado a abandonarse desenfrenadamente a las pasiones; y, entre las pasiones, nuestro tiempo, como ninguna otra época, ha conocido una prioritaria: la pasión política. Los intelectuales por tradición aplicaban la mente a lo que es verdadero por encima de los intereses del tiempo y del lugar, eran los servidores de la justicia en abstracto, por encima de las partes. Desde que la pasión política llegó a ser prioritaria, los intelectuales comenzaron a subordinar las verdades eternas a los intereses contingentes de la nación, del grupo o de la clase, a someter la razón de la justicia a la razón de Estado: traicionan su tarea.

La polémica contra la traición de los intelectuales es la tercera batalla que Benda lleva a cabo contra la vida social y cultural de su tiempo. Pone las bases para una guerra sin tregua entre los verdaderos y los falsos intelectuales: por una parte está la cultura desinteresada, por otra, inevitablemente enemiga, la sometida. Entre una y otra no puede haber ningún motivo de entendimiento.

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IV 

Que hubiese dos «razas» humanas, una que aprecia los valores absolutos y se dirige a la contemplación, otra que no valora sino los contingentes y se dirige a la acción, y que entre estas dos «razas» no hubiese posibilidad alguna de comprensión y de conciliación era una vieja idea, que le venía de la época del asunto Dreyfus. En cada crisis se encontró siempre frente a la otra raza. Uno de los temas constantes de sus meditaciones solitarias fue la presencia en la historia humana de estas dos razas inconciliables y la razón (¿biológica?, ¿psicológica?, ¿metafísica?) de su distinción.

Considero que la humanidad comprende dos tipos de hombres, cuyas funciones son antitéticas pero de cuya combinación, sin embargo, depende la civilización: los primeros crean las instituciones despreciando la moral, los segundos predican la moral despreciando las instituciones; los primeros son fundadores de imperios; los segundos son clérigos; si en el mundo sólo existieran los primeros, la humanidad progresaría, pero no sería sino barbarie; si sólo existieran los segundos, habría moral pero no progreso. Yo pertenezco enteramente, sin intento alguno de compromiso, a la segunda clase»

A partir de la declarada pertenencia de Benda a una de las dos razas inconciliables, a la de los clérigos que honran solamente los valores absolutos, se pueden deducir algunas características de su personalidad. Ante todo, su sectarismo:

Todo hombre que, en política, adopta una posición clara, de contornos bien definidos, es un sectario. Frente a la figura del sectario está la del disponible, al estilo de Gide, que se abre a todas las filosofías sin comprometerse con ninguna, o el nihilismo de Valéry, que las mira todas de arriba a abajo con igual desprecio, o el «gran simpático», al estilo de Mauriac, que las ahoga todas en la inmensidad de su amor. En cuanto a nosotros, creemos en la democracia como algo distinto y estamos decididos a defenderla contra lo que se le opone y quiere exterminarla.

Somos, en realidad, sectarios.

-Cfr. Bobbio, La duda y la elección. Intelectuales y poder en la sociedad contemporánea, cap. 1.

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