FRAGMENTOS FILOSÓFICOS

EPICURO, EPICURO, POR QUÉ NOS HAS ABANDONADO

por Bernat Castany

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En cierta ocasión Umberto Eco se imaginó que un arqueólogo del futuro hallaba un único resto de nuestra civilización. Se trataba de un pequeño papel arrugado en el que podían leerse los versos: «cuando calienta el sol aquí en la playa, / siento vibrar tu cuerpo cerca de mí». Eco se preguntaba qué idea podría hacerse de nosotros aquel arqueólogo del futuro a partir de aquel trozo de papel. Algo semejante nos pasa a nosotros con la idea de placer, que es una ánfora rota y dispersada por el tiempo.

Uno de los primeros en defender el placer, en la estela de Demócrito y Aristipo, fue Epicuro, para el que «ningún placer es en sí mismo un mal, si bien las causas que producen algunos de ellos conllevan más perturbaciones que placeres». Resulta, pues, necesario trabajar la materia prima del placer para producir una felicidad duradera. Para ello debemos conocerlo en profundidad, liberarlo de sus sambenitos y construir una administración del goce que nos permita maximizar sus beneficios y disminuir sus costes.

No viene al caso exponer la doctrina epicúrea (a pesar de que la considero la gran filosofía olvidada, y el verdadero núcleo filosófico, junto al escepticismo, de la tradición humanística e ilustrada). Aun así, resumiré su teoría del placer, pues puede servirnos para comprender mejor de qué modo el miedo bloquea el placer y aumenta el displacer.

LA ADMINISTRACIÓN DEL GOCE. El placer es un recurso escaso, y en ocasiones costoso. Por eso es necesario elaborar una «cierta administración del goce», tal y como la llama Montaigne en el más epicúreo de sus ensayos, titulado «De la experiencia». El algoritmo epicúreo se llama phrónesis, un término que se tradujo, primero, como «prudencia», y que aquí me resigno a llamar «racionalidad práctica». La phrónesis sería aquel tipo de racionalidad que utilizamos no para comprender el mundo, sino para maximizar el placer y minimizar el dolor. No es, pues, una virtud teórica sino práctica (o, en todo caso, su actividad teórica está subordinada a sus fines prácticos). En su Carta a Meneceo, Epicuro la describe como «la razón atenta, capaz de encontrar en toda circunstancia los motivos de lo que hay que elegir y de lo que hay que evitar, y de rechazar las vanas opiniones, de donde proviene la mayor confusión de las almas».

Las consideraciones de la phrónesis  son múltiples. Suele priorizar la calidad sobre la cantidad de los placeres. Prefiere los placeres compuestos, como, por ejemplo, un «banquete», en el que la comida, la amistad, la serenidad, la naturaleza y la conversación filosófica se acompañan y se refuerzan. Comer juntos es retroalimentarse, nunca mejor dicho. A veces debe elegir entre la mera prevención y el goce activo. Lo que siempre tiene claro es que los placeres artificiales son perniciosos y deben ser reducidos o evitados. Pero no es una ciencia exacta ni un manual de instrucciones. Las decisiones se toman pros ton kairon, esto es, según la ocasión, y el algoritmo hedonista se construye mediante ensayo y error. Y este es uno de los significados profundos del título de la obra de Montaigne, que eran ejercicios, probaturas, reflexiones, experimentos y, en fin, ensayos, que tenían como objetivo elaborar una ética hedonista (que buscaba la felicidad entendida como optimización de los placeres) mediante una metodología empírica (que pretendía hallar esa forma de vida a partir del análisis y la experimentación de una existencia concreta).

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EL MIEDO, AL FIN. Si he hablado tanto del epicureísmo es porque es la filosofía que más se ocupó del miedo, por la sencilla razón de que lo consideraban el primer escollo del placer. El miedo, como el Can Cerbero o como la Hidra, tiene varias cabezas. Según el tetraphármakos epicúreo, al menos tiene cuatro: el miedo a los dioses, el miedo a la muerte, el miedo al dolor y el miedo al fracaso en la búsqueda de la felicidad. Pero sea cual sea la cabeza que nos muerda, el efecto es siempre el mismo: la anhedonia o la ausencia de placer. Porque, ahora que conocemos las ramificaciones del miedo, sabemos que no solo el miedo al peligro inminente sino también la ansiedad, la timidez, la vergüenza o la sumisión nos impiden sentir todos los placeres corporales y espirituales, activos y pasivos, sobre los que se apoya la torre de Pisa de la vida.”

PLACER DE DIOSES. La filosofía es uno de los mayores placeres espirituales que nos han sido concedidos. El miedo a pensar, que es un miedo invisible, y, quizá, fomentado, nos impide alcanzar el placer de esquiar fuera de pista, de sentir la potencia de nuestra inteligencia; de cuestionar, aunque sea por unos instantes, nuestros hábitos mentales; de arriesgarnos a que el otro tenga razón; de darnos cuenta de que no sabemos nada; y de conocernos a nosotros mismos. 

El diálogo filosófico exige, también, el coraje de hablar, de exponerse, de equivocarse y de refutar. La persona poseída por el miedo a pensar no se acercará a la filosofía, con la excusa de que es aburrida, inútil o ridícula; evitará toda lectura, conversación o experiencia filosófica; y pasará por el banquete de la vida sin haber probado uno de sus más deliciosos platos. Aunque también puede darle por ser un filosofo académico, un especialista, un teórico, un glosador, un escriba. Un cocinero que, de tanto probar las salsas, ya no tiene hambre. Un camarero que acarrea platos de un lado a otro sin atreverse a probarlos.

Pero la filosofía no es solo una cuestión de palabras. De hecho, para los cínicos la filosofía era una cuestión de todo menos de palabras. Por eso decían que el cinismo era un atajo hacia la virtud. Y es que en aquella época el discurso filosófico no era más que una herramienta al servicio de la práctica filosófica, entendida como reforma existencial mediante el ejercicio y la razón. La teoría era esclava de la práctica, y la filosofía era fundamentalmente una ejercitación existencial. Esa filosofía superior nos abre las puertas no ya del placer de pensar sino del placer de hacernos mejores. Pero para seguir esa senda hace falta valor, pues siempre es más cómodo leer y teorizar. «¡Arroja los libros!», se exhortaba Marco Aurelio. La gran tentación de la filosofía es la teoría. Y no hay más atajo que el valor.

-Castany, Una filosofía del miedo.

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