FRAGMENTOS FILOSÓFICOS

DIARIO FILOSÓFICO: CUADERNO XVI

por Hannah Arendt

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Sobre las religiones totalitarias: políticamente fue un absurdo hablar de las religiones como opio del pueblo. Por primera vez las ideologías son realmente opio para el pueblo. Las religiones se han escudado en el miedo al infierno, que parte siempre de que el miedo al dolor es mayor que el miedo a la muerte y, en consecuencia, el miedo al infierno es mayor que el miedo a la nada.

Lo decisivo no son las secularizaciones, sino la desaparición del miedo al infierno en la modernidad. Pero la idea misma del infierno es de origen religioso y no político. Aparece siempre cuando: a) se necesita una norma absoluta, trascendente para la justicia y no resulta ya satisfactoria la acción inmanente de la dike  (políticamente esta norma sólo puede encontrarse en una realidad, no en una «idea»; de ahí Platón); b) cuando se descubre que toda acción humana permanece oscura de alguna manera, lo cual sucede en un doble sentido: que el malvado no es descubierto (ni castigado), que el bueno no es conocido (y secundariamente no es premiado), y que es posible la hipocresía.

Es religioso el descenso de Cristo a los infiernos, que originariamente, antes de todas las consideraciones políticas, se realizó para suprimir el infierno.

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Sobre el amor: el amor es un poder y no un sentimiento. Se apodera del corazón, pero no brota del corazón. El amor es un poder del universo, en cuanto el universo es vivo. Es el poder de la vida y garantiza su continuación frente a la muerte. Por eso, el amor «supera» la muerte. Tan pronto como el poder del amor se apodera de un corazón, se convierte en fuerza y eventualmente en fortaleza.

El amor quema, atraviesa el entre como el relámpago, es decir, atraviesa el espacio del mundo que hay entre los hombres. Si se añade el tercero, se restablece inmediatamente un espacio. De la absoluta falta de mundo (= espacio) de los amantes brota el nuevo mundo, simbolizado en el niño. A este nuevo entre, al nuevo espacio de un mundo que comienza, pertenecen los amantes, pertenecen a él y son responsables de él. Pero exactamente esto es el final del amor. Si el amor sigue existiendo, se destruye también este nuevo mundo. La eternidad del amor sólo puede darse en la falta de mundo (o sea, «y si Dios lo quiere, te amaré mejor después de la muerte»;1 esto no porque entonces no «viviré» y por eso quizá podré ser fiel, o cosas parecidas, sino bajo el presupuesto de que seguiré viviendo después de la muerte y sólo habré perdido el mundo); o bien puede darse como amor de los «desamparados», no por razón de sentimientos, sino porque con el amado se perdió la posibilidad de un nuevo espacio del mundo.

Como poder universal de la vida (del universo) el amor propiamente no es de origen humano. Nada nos adhiere tan segura e ineludiblemente al universo vivo como el amor, al que nadie escapa. Pero tan pronto como este poder se apodera del hombre y arroja hacia otro, y quema el mundo y el espacio que hay entre ambos, precisamente el amor se convierte en lo más «humano» del hombre, pues se convierte en una humanidad que existe sin mundo, sin objetos (el amado nuuca es un objeto), sin espacio. En efecto, el amor consume el mundo y da un presentimiento de lo que sería un hombre sin mundo. (Por eso es pensado tantas veces en relación con una vida «en otro mundo», a saber, una vida sin mundo.) El amor es vida sin mundo.

En cuanto tal se muestra como creador de mundo; crea, engendra un nuevo mundo. Todo amor es el principio de un nuevo mundo; ahí está su grandeza y su tragedia, pues perece en este nuevo mundo, en cuanto nc sólo es nuevo, sino también mundo.

Por tanto, el amor es en primer lugar el poder de la vida; pertenecemos a lo vivo porque estamos sometidos a este poder. Quien no lo ha sufrido, no vive, no pertenece a lo vivo. En segundo lugar, es el principio que destruye el mundo y muestra así que el hombre sin mundo existe todavía, que es «más» que el mundo, aunque no puede durar sin el mundo. Así revela lo específicamente humano en el universo vivo. La palabra de los amantes está cerca de la poesía, pues es el más puro hablar humano. Y es en tercer lugar el principio creador que va más allá del mero ser vivo, ya que de su falta de mundo surge un nuevo mundo. Como tal, «supera» la muerte, o es su auténtico principio contrario. Sólo porque el amor mismo crea un nuevo mundo, permanece en el mundo (o bien los amantes vuelven de nuevo). El amor sin hijos o sin mundo nuevo es siempre destructivo (¡antipolítico!); pero precisamente entonces trae lo auténticamente humano en su pureza.

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Las tres formas de la autoridad: 1. La norma platónica. 2. El comienzo romano como fundación. 3. El Dios vivo como persona.

Sobre 1: los dioses griegos no tenían autoridad, se hacían cargo de los asun:os de los mortales, pero estaban sometidos también al destino; cuidaban de que los mortales se sometieran al destino, de que por lo mer os su nombre lograra inmortalidad.

Sobre 2: la vinculación a la fundación como autoridad era la religión romana.

Sobre 3. Dios como creador y como legislador de Moisés podía representar en apariencia lo mismo la norma platónica que la fundación romana. Pero en cuanto tal, es decir, en esta interpretación «política», ya no era el Dios vivo.

Eso en apariencia. En verdad, el «Dios vivo» se mostró como la peor «autoridad». Donde él estaba presente en forma viva, se rompía toda autoiidad: Jesús, Eckhart, Lutero. Se convirtió en autoridad en sentido estricto por primera vez en aquellos que creían desde la duda y la desesperación: Pascal, Kierkegaard. Originariamente, la doctrina de la predestinación era tan sólo la fe

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Sobre la religión totalitaria: la comparación de ateísmo, socialismo, etc., con las religiones bajo el punto de vista de la psicología y la sociología se convirtió en una identificación. Todas esas tendencias pasaron a ser religiones políticas, porque la psicología y la sociología adquirieron un carácter absoluto y no creyeron captar meros aspectos de las cosas, sino su esencia. Con ello desaparece la esencia, la sustancia misma.

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Sobre la revolución: sólo en las revoluciones pervive el afán de los romanos, el de la divinidad del comienzo fundador. Este es el verdadero fundamento de la vestimenta romana en la Revolución Francesa y del entusiasmo que el lema del principio fundador ha despertado siempre desde entonces. ¿Es un hecho que esa actitud profundamente tradicional destruyó luego la tradición, o quizá es sólo un prejuicio?

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Sobre la duda: el principio de la filosofía y la ciencia moderna no es la duda, sino la desconfianza. Duda es el escindirse en dos que se da en todo pensamiento auténtico, en un pensamiento que quiera mantenerse consciente de la pluralidad del ser humano. La duda mantiene constantemente abierta la otra parte, la parte del otro; se encuentra en la soledad y sólo en ella es la representación del otro absolutamente necesaria; la duda es el avxóg autóo, que se ha convertido en monólogo, el diálogo consigo mismo, por cuanto «yo» tengo que ser también otro.

«De ómnibus dubitandum» como lema de toda una filosofía nada tiene que ver con este pensamiento dubitante, dialogístico, desdoblado, sino que descansa en la desconfianza de la posibilidad de conocimiento en general. La expresión decisiva de la «duda» cartesiana es la sospecha de que, en lugar de la providencia divina, hay un genio maligno que se burla de nosotros. Esta desconfianza, muy estrechamente relacionada con la desconfianza de la verdad de las percepciones sensibles y, en consecuencia, de la posibilidad de conocer lo puramente dado, es el polo opuesto por completo a la confianza en Dios («faith» y no «belief»)

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